¿Quién soy? ¿Qué me pertenece? ¿De dónde vengo y a dónde voy? Son las preguntas que atraviesan al texto de Quiroga.
En el pasaje “Los desterrados”, la figura del desterrado está encarnada por dos hombres: Joao Pedro y Tirafogo, de quien jamás se supo su verdadero nombre. Quiroga habla de ellos como una cualidad que tiene aquella región que rebalsa de tierra colorada:
“Misiones, como toda región de frontera, es rica en tipos pintorescos. Suelen serlo extraordinariamente, aquellos que a semejanza de las bolas de billar, han nacido con efecto”
Ambos, Joao Pedro y Tirafogo, son de origen brasilero, de ese momento en que Misiones era Brasil y Brasil era Misiones. De hecho, como bien señala Quiroga, los primeros pobladores de la ahora provincia argentina fueron en su totalidad brasileros.
Estos hombres, aventureros lo dos, eran de lo que se conoce como “de la primera hora”. De hecho, Tirafogo constantemente hacía alarde de que era antiguo. En su lengua de frontera, él decía: “¡Eu só antiguo! ¡Antiguo!”. En aquella época de juventud donde todo era esperanza, las plantaciones desbordaban de siembra y el trabajo era más fácil de hacer.
Quiroga muestra el antes y después de estos dos hombres, que en sus “años mozos” han pasado enfrentamientos, corridas, alegrías, borracheras y mil aventuras; pero que en el momento en que él llega a Misiones ya rondan los 80 años si no más.
Y la crisis que la mayor parte de la gente sufre a los 40 años en las grandes ciudades, Joao Pedro y Tirafogo la pasaron a los ochenta y tantos: un cuestionamiento sobre su identidad ¿quiénes eran ayer y quiénes son hoy? A esa avanzada edad se encontraban frente a una nueva Misiones:
“Las costumbres, en efecto; la población y el aspecto mismo del país distaban, como la realidad de un sueño, de los primeros tiempos vírgenes, cuando no había límite para la extensión de los rozados, y éstos se efectuaban entre todos y para todos, por el sistema corporativo. No se conocía entonces la moneda, ni el Código Rural, ni las tranqueras con candado (…)”
A los 80 las fuerzas ya no son las mismas, pareciera como si el tiempo se pasara más lento, pero a la vez es como si todo el tiempo los corriera por su velocidad y los impulsara a hacer todo lo que sus ganas le piden.
Y así pasaron tardes desmembrándose a sí mismos hartos de recuerdos. Pero ellos ya no querían recuerdos, deseaban, anhelaban, gritaban que querían realidades. Morían por ser ellos nuevamente, por volver a su tierra materna, a ese Brasil que los había visto crecer y huir…viajar en busca de algo mejor. Ese algo lo encontraron en Misiones, pero ya no era lo mismo…ya no eran felices…ya no era “su Misiones” Las energías parecía que estaban agotadas, que las manos resquebrajadas por el trabajo y las piernas fatigadas de tanto andar pedían un respiro. Pero el alma siempre tiene sed de más. Y hacia allá fueron. Lo último que vieron fueron aquellos pinares nativos. No había sido en vano: habían llegado. Ellos ya sabían quiénes eran: el viaje había terminado:
“¡Ya cheguei, mamae!...O Joao pedro tinha razao... ¡Vou com ele!”(“¡Ya llegué, mamá! Joao Pedro tenía razón… ¡Voy con él!”)
Mostrando entradas con la etiqueta Misiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Misiones. Mostrar todas las entradas
miércoles, 9 de julio de 2008
Notas de lector de Caparrós
A veces me pregunto ¿cómo es que cada texto se las ingenia para conectarse con otro? ¿Será que secretamente los libros quieren formar una gran telaraña para que al caer en su “trampa” no podamos ya huir? No sé, tal vez. Todas estas preguntas me surgen casi sin querer, sin pensarlo, y casi al mismo tiempo que aparecen voy tratando de encontrarles una respuesta que al menos se acerque a la verdad. Ni siquiera pido que lo sea.
Es que muchas veces, mientras estoy leyendo un libro, me descubro sorpresivamente recorriendo con la mente, otro. Sí, un colega con el que comparte cosas: estilos, temas, cuestionamientos…cualquier cosa ¿será eso a lo que le llaman intertextualidad? Puede ser.
Creo que uno de los motivos por los que se dice que “estudiar te abre la cabeza” es por el hecho de que te acerca a esos lugares a los que la actual globalización no te incitaría a visitar jamás
Con el fragmento de Misiones de Martín Caparrós me pasó esto de hacer un viaje adentro de otro viaje y de tantos más que realiza él por “el interior”. Decir que es un texto genial, es tautológico; decir que es audaz, es quedarse cortos con la definición. En realidad, Misiones es un gran mapa de aquella bendita provincia argentina.
Su papel de cronista merecería ser ganador de más de un premio. Ir hacia lo desconocido. Él y su Erre, solos. La tierra colorada y la lluvia. Sí, la lluvia que atraviesa todo el relato y también la vida de los misioneros.
Mientras leía y seguía aquel mapa que Caparrós iba delimitando en mi cabeza, volé hacia otra Misiones ¿otra? La Misiones que nos cuenta Walsh. La misma. Lo que a él lo moviliza es una cuestión muy puntual: aquellos japoneses que migraron llenos de ilusiones a tierras extrañas. Walsh inicia se viaje para conocer la realidad de esos kimonos que ahora caminaban la tierra roja. Por eso es que su crónica nace de la crítica que le hace a aquellos que engañaron descaradamente a unas indefensas familias orientales, sólo para llenarse los bolsillos de dinero sucio.
“La forma en que llegó aquí Shigemori Matonaga resume la forma en que llegaron todos los demás. Campesino en la provincia de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remosta Misiones. ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colinas cubiertas de pinares (…). Lo que no le dijeron fue que la mitad de su chacra estaba cubierta de monte, que las piedras que afloran en la tierra harían trizas las rejas del arado, que las lluvias arruinarían una y otra vez su cosecha de tabaco.”
Y ahí vuelvo a la Misiones de Caparrós. La misma Misiones con otros problemas. Él también critica. Y es en ese punto en que los textos vuelven a hermanarse. Se hacen uno. Caparrós, detrás de lo que simula ser la crónica de un extenso recorrido por la provincia, se encuentra interactuando a la vez con Piglia ¡¿Con otro más?! Sí, y la lista es infinita. La telaraña vuelve a hacerse presente. Piglia y su teoría del iceberg, la historia 1 y la historia 2 ¿y qué tiene que ver esto con Caparrós? A mi entender, todo. Porque él nos va llevando de acompañantes en su auto, convirtiéndonos en cómplices de su aventura: Andresito, Iguazú, Posadas y tantos otros lugares. Todos ellos fueron una excelente “excusa” para contar una historia, unas cuantas realidades crudas
“Paro en Apóstoles, capital nacional o provincial de la Yerba Mate, para ver si alguien me dice dónde puedo ver la cosecha de yerba: la tarefa. Hago varios llamados, cada cual me dice que debo hablar con otro, todos insisten en que es muy difícil. No debe serlo tanto; yo sospecho que no quieren que vea cómo trabajan esos señores y señoras, esos chicos”
Ante esta situación, y para aseverar su crítica usa un recurso llamado haiku o perfiles en verso, donde dice:
Cuando la yerba
mate.
Es decir, además de llevarnos de paseo por esos rincones escondidos y de maravillarnos con los escenarios naturales más hermosos alguna vez imaginados, como las cataratas del Iguazú, Caparrós intenta algo más. Muy claramente presenta temas de los cuales es difícil hablar sin que se te haga un nudo en la garganta o sin quedar como un tremendista. Hacer alusión a la discriminación, a la prostitución, al hambre, al abandono, la explotación infantil, la falta de educación, no es nada fácil.
“Lamentablemente en los pueblos, o en general en todos los lugares la policía está prendida casi siempre con los ladrones (…)”
“(…) El problema acá es la educación, la educación (…)
Después, en la escuela, una maestra me dirá que en cuanto los chicos tienen ocho o nueve años salen a trabajar y vienen poco.
-Sí, empiezan muy chicos, cinco o seis años (…)
- ¿Y a los seis años que pueden hacer?
- Ayudan a los padres. A los doce ya están manejando los tractores. Y los tareferos también, vienen con toda la familia, acampan por ahí.”
“un país tan rico cómo puede ser que no haya comida para todos, tenemos todos los climas y todos los paisajes y están los chicos en patas, los que piden, los cartoneros esos”
Este llamado de atención a la sociedad es uno de los mayores aportes de la crónica de Caparrós por el interior. Esto constituye la historia 2. Esa historia que siempre está presente, pero que a veces es tan oscura que nos cuesta sacar a relucir. Misiones no es sólo Misiones, es también La Rioja, Salta, Buenos Aires y el resto de las provincias.
“El interior”…ojalá que el título del libro sea sólo una muestra de la ironía que se maneja en el texto…que no asociemos todas estas realidades con el interior de nuestra querida Argentina, con su esencia. No, seguro que no, porque si bien hay una Argentina que no depende de nosotros, hay una que sí lo hace y a veces tengo la sensación como dice Caparrós de que “todo está por hacerse, a medio hacer, de que están haciéndolo ahora mismo”. Coincido plenamente en que “quizás Dios, finalmente, sea argentino”
Es que muchas veces, mientras estoy leyendo un libro, me descubro sorpresivamente recorriendo con la mente, otro. Sí, un colega con el que comparte cosas: estilos, temas, cuestionamientos…cualquier cosa ¿será eso a lo que le llaman intertextualidad? Puede ser.
Creo que uno de los motivos por los que se dice que “estudiar te abre la cabeza” es por el hecho de que te acerca a esos lugares a los que la actual globalización no te incitaría a visitar jamás
Con el fragmento de Misiones de Martín Caparrós me pasó esto de hacer un viaje adentro de otro viaje y de tantos más que realiza él por “el interior”. Decir que es un texto genial, es tautológico; decir que es audaz, es quedarse cortos con la definición. En realidad, Misiones es un gran mapa de aquella bendita provincia argentina.
Su papel de cronista merecería ser ganador de más de un premio. Ir hacia lo desconocido. Él y su Erre, solos. La tierra colorada y la lluvia. Sí, la lluvia que atraviesa todo el relato y también la vida de los misioneros.
Mientras leía y seguía aquel mapa que Caparrós iba delimitando en mi cabeza, volé hacia otra Misiones ¿otra? La Misiones que nos cuenta Walsh. La misma. Lo que a él lo moviliza es una cuestión muy puntual: aquellos japoneses que migraron llenos de ilusiones a tierras extrañas. Walsh inicia se viaje para conocer la realidad de esos kimonos que ahora caminaban la tierra roja. Por eso es que su crónica nace de la crítica que le hace a aquellos que engañaron descaradamente a unas indefensas familias orientales, sólo para llenarse los bolsillos de dinero sucio.
“La forma en que llegó aquí Shigemori Matonaga resume la forma en que llegaron todos los demás. Campesino en la provincia de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remosta Misiones. ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colinas cubiertas de pinares (…). Lo que no le dijeron fue que la mitad de su chacra estaba cubierta de monte, que las piedras que afloran en la tierra harían trizas las rejas del arado, que las lluvias arruinarían una y otra vez su cosecha de tabaco.”
Y ahí vuelvo a la Misiones de Caparrós. La misma Misiones con otros problemas. Él también critica. Y es en ese punto en que los textos vuelven a hermanarse. Se hacen uno. Caparrós, detrás de lo que simula ser la crónica de un extenso recorrido por la provincia, se encuentra interactuando a la vez con Piglia ¡¿Con otro más?! Sí, y la lista es infinita. La telaraña vuelve a hacerse presente. Piglia y su teoría del iceberg, la historia 1 y la historia 2 ¿y qué tiene que ver esto con Caparrós? A mi entender, todo. Porque él nos va llevando de acompañantes en su auto, convirtiéndonos en cómplices de su aventura: Andresito, Iguazú, Posadas y tantos otros lugares. Todos ellos fueron una excelente “excusa” para contar una historia, unas cuantas realidades crudas
“Paro en Apóstoles, capital nacional o provincial de la Yerba Mate, para ver si alguien me dice dónde puedo ver la cosecha de yerba: la tarefa. Hago varios llamados, cada cual me dice que debo hablar con otro, todos insisten en que es muy difícil. No debe serlo tanto; yo sospecho que no quieren que vea cómo trabajan esos señores y señoras, esos chicos”
Ante esta situación, y para aseverar su crítica usa un recurso llamado haiku o perfiles en verso, donde dice:
Cuando la yerba
mate.
Es decir, además de llevarnos de paseo por esos rincones escondidos y de maravillarnos con los escenarios naturales más hermosos alguna vez imaginados, como las cataratas del Iguazú, Caparrós intenta algo más. Muy claramente presenta temas de los cuales es difícil hablar sin que se te haga un nudo en la garganta o sin quedar como un tremendista. Hacer alusión a la discriminación, a la prostitución, al hambre, al abandono, la explotación infantil, la falta de educación, no es nada fácil.
“Lamentablemente en los pueblos, o en general en todos los lugares la policía está prendida casi siempre con los ladrones (…)”
“(…) El problema acá es la educación, la educación (…)
Después, en la escuela, una maestra me dirá que en cuanto los chicos tienen ocho o nueve años salen a trabajar y vienen poco.
-Sí, empiezan muy chicos, cinco o seis años (…)
- ¿Y a los seis años que pueden hacer?
- Ayudan a los padres. A los doce ya están manejando los tractores. Y los tareferos también, vienen con toda la familia, acampan por ahí.”
“un país tan rico cómo puede ser que no haya comida para todos, tenemos todos los climas y todos los paisajes y están los chicos en patas, los que piden, los cartoneros esos”
Este llamado de atención a la sociedad es uno de los mayores aportes de la crónica de Caparrós por el interior. Esto constituye la historia 2. Esa historia que siempre está presente, pero que a veces es tan oscura que nos cuesta sacar a relucir. Misiones no es sólo Misiones, es también La Rioja, Salta, Buenos Aires y el resto de las provincias.
“El interior”…ojalá que el título del libro sea sólo una muestra de la ironía que se maneja en el texto…que no asociemos todas estas realidades con el interior de nuestra querida Argentina, con su esencia. No, seguro que no, porque si bien hay una Argentina que no depende de nosotros, hay una que sí lo hace y a veces tengo la sensación como dice Caparrós de que “todo está por hacerse, a medio hacer, de que están haciéndolo ahora mismo”. Coincido plenamente en que “quizás Dios, finalmente, sea argentino”
Notas de lector de Kimonos en la tierra roja
Rodolfo Walsh narra en esta crónica la historia de varias familias japonesas que emigraron a las extrañas tierras misioneras, atraídos por el brillo de una promesa que luego se vio opacada por la realidad.
A lo largo de la narración, nuestro reconocido escritor realiza un juego constante con la temporalidad, y para acompañarlo divide el relato en seis partes: la introducción; “El país de la promesa”; “El páramo”; “Los que se quedan”; “Sinichi y compañía”; “Voces en el crepúsculo”.
En el primer fragmento, Walsh comienza narrando su ida y la de su compañero, Pablo Alonso, de Colonia Luján. Es decir, él opta por presentarle primero al lector, el fin de su aventura. Pero ¿por qué? Eso sólo se logra develar al final del relato.
“Sobre la tierra roja que se abre muy cerca en perspectivas de selva, las muchachas bailan vestidas con el kimono y le obi multicolores y tocadas con grandes sombreros de paja. El tiempo, el sol y el agua han propiciado la cosecha que las conmovidas voces agradecen al cielo (…)”.
“Cuando Pablo Alonso y yo nos vamos esa tarde de Colonia Luján, llevamos la pena de no quedar más tiempo con esa gente maravillosa y desdichada (…)”.
El cronista inicia el segundo tramo de su historia, contando la odisea de aquella comunidad. Es decir, cómo es que llegaron esas familias japonesas a las extrañas tierras de Misiones, Argentina. Para hacerlo, elige usar el tiempo pasado, con el objetivo de demostrar que aquellas promesas que hoy se hallan truncas, junto con la llegada de los japoneses, ya es cosa de un pasado demasiado lejano del cual sólo quedan ingratos recuerdos.
“La forma en que llegó aquí Matonaga resume la forma en que llegaron los demás. Campesino en la ciudad de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remota Misiones ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colonias cubiertas de pinares (…)”
Ya a partir del tercer apartado y hasta le final de la narración, el escritor describe su introducción en Colonia Luján y las distintas vivencias en ella y en relación a la gente. Para hacerlo, elige redactar cada sucedo en un “presente histórico” ¿Por qué? Porque busca crear en el lector la sensación de inmediatez entre el hecho y el momento en el que se escribe el relato. Y aunque el lector sabe que ese texto ha sido producido no inmediatamente luego del hecho, crea un “contrato silencioso” con el escritor en el que acepta su juego en el manejo de la temporalidad.
Walsh nos hace partícipes de las distintas visitas que realiza a las casas de los pobladores de Colonia Luján y nos sitúa cerca; casi como si estuviésemos caminando allí con él.
El alma de viajero se hace presente en él y el Pablo Alonso, ya que durante su estadía en Misiones, buscan los recursos necesarios para entender la realidad de esa comunidad olvidada y desdichada. Visitan también la escuela y buscan el testimonio de los docentes que allí trabajan; les interesan sus ideas, temores y alegrías.
Después de esta recorrida, Walsh le da el cierre a la crónica de la misma manera en que la empezó: describiendo aquella escena colorida y de baile en agradecimiento al cielo por la cosecha. Aquí termina el círculo, que se asemeja al ciclo de siembra y a la historia de la colonia japonesa en Misiones.
Aquel día se escribía otro punto final. A la mañana siguiente otro pájaro abandonaría el nido en busca de la verdadera tierra prometida.
“La tarde se desgrana en antiguas canciones, lentas y mágicas danzas sobre la roja tierra misionera, brillos de marfil de las manos, belleza hierática de las caras, esplendor de las sedas bajo el último sol. Una sombrilla roja está caída en el suelo. Aiko Kanmuse baila por última vez con sus compañeras. Mañana se irá para Buenos Aires”.
A lo largo de la narración, nuestro reconocido escritor realiza un juego constante con la temporalidad, y para acompañarlo divide el relato en seis partes: la introducción; “El país de la promesa”; “El páramo”; “Los que se quedan”; “Sinichi y compañía”; “Voces en el crepúsculo”.
En el primer fragmento, Walsh comienza narrando su ida y la de su compañero, Pablo Alonso, de Colonia Luján. Es decir, él opta por presentarle primero al lector, el fin de su aventura. Pero ¿por qué? Eso sólo se logra develar al final del relato.
“Sobre la tierra roja que se abre muy cerca en perspectivas de selva, las muchachas bailan vestidas con el kimono y le obi multicolores y tocadas con grandes sombreros de paja. El tiempo, el sol y el agua han propiciado la cosecha que las conmovidas voces agradecen al cielo (…)”.
“Cuando Pablo Alonso y yo nos vamos esa tarde de Colonia Luján, llevamos la pena de no quedar más tiempo con esa gente maravillosa y desdichada (…)”.
El cronista inicia el segundo tramo de su historia, contando la odisea de aquella comunidad. Es decir, cómo es que llegaron esas familias japonesas a las extrañas tierras de Misiones, Argentina. Para hacerlo, elige usar el tiempo pasado, con el objetivo de demostrar que aquellas promesas que hoy se hallan truncas, junto con la llegada de los japoneses, ya es cosa de un pasado demasiado lejano del cual sólo quedan ingratos recuerdos.
“La forma en que llegó aquí Matonaga resume la forma en que llegaron los demás. Campesino en la ciudad de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remota Misiones ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colonias cubiertas de pinares (…)”
Ya a partir del tercer apartado y hasta le final de la narración, el escritor describe su introducción en Colonia Luján y las distintas vivencias en ella y en relación a la gente. Para hacerlo, elige redactar cada sucedo en un “presente histórico” ¿Por qué? Porque busca crear en el lector la sensación de inmediatez entre el hecho y el momento en el que se escribe el relato. Y aunque el lector sabe que ese texto ha sido producido no inmediatamente luego del hecho, crea un “contrato silencioso” con el escritor en el que acepta su juego en el manejo de la temporalidad.
Walsh nos hace partícipes de las distintas visitas que realiza a las casas de los pobladores de Colonia Luján y nos sitúa cerca; casi como si estuviésemos caminando allí con él.
El alma de viajero se hace presente en él y el Pablo Alonso, ya que durante su estadía en Misiones, buscan los recursos necesarios para entender la realidad de esa comunidad olvidada y desdichada. Visitan también la escuela y buscan el testimonio de los docentes que allí trabajan; les interesan sus ideas, temores y alegrías.
Después de esta recorrida, Walsh le da el cierre a la crónica de la misma manera en que la empezó: describiendo aquella escena colorida y de baile en agradecimiento al cielo por la cosecha. Aquí termina el círculo, que se asemeja al ciclo de siembra y a la historia de la colonia japonesa en Misiones.
Aquel día se escribía otro punto final. A la mañana siguiente otro pájaro abandonaría el nido en busca de la verdadera tierra prometida.
“La tarde se desgrana en antiguas canciones, lentas y mágicas danzas sobre la roja tierra misionera, brillos de marfil de las manos, belleza hierática de las caras, esplendor de las sedas bajo el último sol. Una sombrilla roja está caída en el suelo. Aiko Kanmuse baila por última vez con sus compañeras. Mañana se irá para Buenos Aires”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

