miércoles, 9 de julio de 2008

Notas de lector de Caparrós

A veces me pregunto ¿cómo es que cada texto se las ingenia para conectarse con otro? ¿Será que secretamente los libros quieren formar una gran telaraña para que al caer en su “trampa” no podamos ya huir? No sé, tal vez. Todas estas preguntas me surgen casi sin querer, sin pensarlo, y casi al mismo tiempo que aparecen voy tratando de encontrarles una respuesta que al menos se acerque a la verdad. Ni siquiera pido que lo sea.
Es que muchas veces, mientras estoy leyendo un libro, me descubro sorpresivamente recorriendo con la mente, otro. Sí, un colega con el que comparte cosas: estilos, temas, cuestionamientos…cualquier cosa ¿será eso a lo que le llaman intertextualidad? Puede ser.
Creo que uno de los motivos por los que se dice que “estudiar te abre la cabeza” es por el hecho de que te acerca a esos lugares a los que la actual globalización no te incitaría a visitar jamás
Con el fragmento de Misiones de Martín Caparrós me pasó esto de hacer un viaje adentro de otro viaje y de tantos más que realiza él por “el interior”. Decir que es un texto genial, es tautológico; decir que es audaz, es quedarse cortos con la definición. En realidad, Misiones es un gran mapa de aquella bendita provincia argentina.
Su papel de cronista merecería ser ganador de más de un premio. Ir hacia lo desconocido. Él y su Erre, solos. La tierra colorada y la lluvia. Sí, la lluvia que atraviesa todo el relato y también la vida de los misioneros.
Mientras leía y seguía aquel mapa que Caparrós iba delimitando en mi cabeza, volé hacia otra Misiones ¿otra? La Misiones que nos cuenta Walsh. La misma. Lo que a él lo moviliza es una cuestión muy puntual: aquellos japoneses que migraron llenos de ilusiones a tierras extrañas. Walsh inicia se viaje para conocer la realidad de esos kimonos que ahora caminaban la tierra roja. Por eso es que su crónica nace de la crítica que le hace a aquellos que engañaron descaradamente a unas indefensas familias orientales, sólo para llenarse los bolsillos de dinero sucio.





“La forma en que llegó aquí Shigemori Matonaga resume la forma en que llegaron todos los demás. Campesino en la provincia de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remosta Misiones. ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colinas cubiertas de pinares (…). Lo que no le dijeron fue que la mitad de su chacra estaba cubierta de monte, que las piedras que afloran en la tierra harían trizas las rejas del arado, que las lluvias arruinarían una y otra vez su cosecha de tabaco.”

Y ahí vuelvo a la Misiones de Caparrós. La misma Misiones con otros problemas. Él también critica. Y es en ese punto en que los textos vuelven a hermanarse. Se hacen uno. Caparrós, detrás de lo que simula ser la crónica de un extenso recorrido por la provincia, se encuentra interactuando a la vez con Piglia ¡¿Con otro más?! Sí, y la lista es infinita. La telaraña vuelve a hacerse presente. Piglia y su teoría del iceberg, la historia 1 y la historia 2 ¿y qué tiene que ver esto con Caparrós? A mi entender, todo. Porque él nos va llevando de acompañantes en su auto, convirtiéndonos en cómplices de su aventura: Andresito, Iguazú, Posadas y tantos otros lugares. Todos ellos fueron una excelente “excusa” para contar una historia, unas cuantas realidades crudas


“Paro en Apóstoles, capital nacional o provincial de la Yerba Mate, para ver si alguien me dice dónde puedo ver la cosecha de yerba: la tarefa. Hago varios llamados, cada cual me dice que debo hablar con otro, todos insisten en que es muy difícil. No debe serlo tanto; yo sospecho que no quieren que vea cómo trabajan esos señores y señoras, esos chicos”

Ante esta situación, y para aseverar su crítica usa un recurso llamado haiku o perfiles en verso, donde dice:

Cuando la yerba
mate.

Es decir, además de llevarnos de paseo por esos rincones escondidos y de maravillarnos con los escenarios naturales más hermosos alguna vez imaginados, como las cataratas del Iguazú, Caparrós intenta algo más. Muy claramente presenta temas de los cuales es difícil hablar sin que se te haga un nudo en la garganta o sin quedar como un tremendista. Hacer alusión a la discriminación, a la prostitución, al hambre, al abandono, la explotación infantil, la falta de educación, no es nada fácil.

“Lamentablemente en los pueblos, o en general en todos los lugares la policía está prendida casi siempre con los ladrones (…)”

“(…) El problema acá es la educación, la educación (…)
Después, en la escuela, una maestra me dirá que en cuanto los chicos tienen ocho o nueve años salen a trabajar y vienen poco.
-Sí, empiezan muy chicos, cinco o seis años (…)
- ¿Y a los seis años que pueden hacer?
- Ayudan a los padres. A los doce ya están manejando los tractores. Y los tareferos también, vienen con toda la familia, acampan por ahí.”

“un país tan rico cómo puede ser que no haya comida para todos, tenemos todos los climas y todos los paisajes y están los chicos en patas, los que piden, los cartoneros esos”

Este llamado de atención a la sociedad es uno de los mayores aportes de la crónica de Caparrós por el interior. Esto constituye la historia 2. Esa historia que siempre está presente, pero que a veces es tan oscura que nos cuesta sacar a relucir. Misiones no es sólo Misiones, es también La Rioja, Salta, Buenos Aires y el resto de las provincias.
“El interior”…ojalá que el título del libro sea sólo una muestra de la ironía que se maneja en el texto…que no asociemos todas estas realidades con el interior de nuestra querida Argentina, con su esencia. No, seguro que no, porque si bien hay una Argentina que no depende de nosotros, hay una que sí lo hace y a veces tengo la sensación como dice Caparrós de que “todo está por hacerse, a medio hacer, de que están haciéndolo ahora mismo”. Coincido plenamente en que “quizás Dios, finalmente, sea argentino”

Notas de lector de Kimonos en la tierra roja

Rodolfo Walsh narra en esta crónica la historia de varias familias japonesas que emigraron a las extrañas tierras misioneras, atraídos por el brillo de una promesa que luego se vio opacada por la realidad.
A lo largo de la narración, nuestro reconocido escritor realiza un juego constante con la temporalidad, y para acompañarlo divide el relato en seis partes: la introducción; “El país de la promesa”; “El páramo”; “Los que se quedan”; “Sinichi y compañía”; “Voces en el crepúsculo”.
En el primer fragmento, Walsh comienza narrando su ida y la de su compañero, Pablo Alonso, de Colonia Luján. Es decir, él opta por presentarle primero al lector, el fin de su aventura. Pero ¿por qué? Eso sólo se logra develar al final del relato.

“Sobre la tierra roja que se abre muy cerca en perspectivas de selva, las muchachas bailan vestidas con el kimono y le obi multicolores y tocadas con grandes sombreros de paja. El tiempo, el sol y el agua han propiciado la cosecha que las conmovidas voces agradecen al cielo (…)”.
“Cuando Pablo Alonso y yo nos vamos esa tarde de Colonia Luján, llevamos la pena de no quedar más tiempo con esa gente maravillosa y desdichada (…)”.

El cronista inicia el segundo tramo de su historia, contando la odisea de aquella comunidad. Es decir, cómo es que llegaron esas familias japonesas a las extrañas tierras de Misiones, Argentina. Para hacerlo, elige usar el tiempo pasado, con el objetivo de demostrar que aquellas promesas que hoy se hallan truncas, junto con la llegada de los japoneses, ya es cosa de un pasado demasiado lejano del cual sólo quedan ingratos recuerdos.

“La forma en que llegó aquí Matonaga resume la forma en que llegaron los demás. Campesino en la ciudad de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remota Misiones ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colonias cubiertas de pinares (…)”

Ya a partir del tercer apartado y hasta le final de la narración, el escritor describe su introducción en Colonia Luján y las distintas vivencias en ella y en relación a la gente. Para hacerlo, elige redactar cada sucedo en un “presente histórico” ¿Por qué? Porque busca crear en el lector la sensación de inmediatez entre el hecho y el momento en el que se escribe el relato. Y aunque el lector sabe que ese texto ha sido producido no inmediatamente luego del hecho, crea un “contrato silencioso” con el escritor en el que acepta su juego en el manejo de la temporalidad.
Walsh nos hace partícipes de las distintas visitas que realiza a las casas de los pobladores de Colonia Luján y nos sitúa cerca; casi como si estuviésemos caminando allí con él.
El alma de viajero se hace presente en él y el Pablo Alonso, ya que durante su estadía en Misiones, buscan los recursos necesarios para entender la realidad de esa comunidad olvidada y desdichada. Visitan también la escuela y buscan el testimonio de los docentes que allí trabajan; les interesan sus ideas, temores y alegrías.
Después de esta recorrida, Walsh le da el cierre a la crónica de la misma manera en que la empezó: describiendo aquella escena colorida y de baile en agradecimiento al cielo por la cosecha. Aquí termina el círculo, que se asemeja al ciclo de siembra y a la historia de la colonia japonesa en Misiones.
Aquel día se escribía otro punto final. A la mañana siguiente otro pájaro abandonaría el nido en busca de la verdadera tierra prometida.

“La tarde se desgrana en antiguas canciones, lentas y mágicas danzas sobre la roja tierra misionera, brillos de marfil de las manos, belleza hierática de las caras, esplendor de las sedas bajo el último sol. Una sombrilla roja está caída en el suelo. Aiko Kanmuse baila por última vez con sus compañeras. Mañana se irá para Buenos Aires”.

jueves, 5 de junio de 2008

Notas de lector de Un día de trabajo

¡Qué fácil que resulta ver la paja en el ojo ajeno y no reconocer la viga en el propio! Creo que es una buena reflexión para comenzar este comentario.
Justamente lo que vivimos en este recorrido es un día de trabajo de una señora que realiza la limpieza en las casas de controvertidos personajes.
A cada uno, Mary, le encuentra un vicio, por así llamarlo. Capote, que también figura en la lista de sus clientes asiduos se decide a acompañarla en una jornada laboral y comparte con ella cada uno de los departamentos que debe visitar.
El primer, del Sr. Trask, estaba sumamente desordenado y sucio. Mary le apuntó a su visita que este hombre se dedicaba a la bebida y tenía una vida bastante desordenada, pero aún así no olvidaba jamás darle su dinero.
Al finalizar su primera misión, parten juntos hacia el edificio de una señorita llamada Edith Shaw. Ella era una poetiza, siempre estaba escribiendo algo en su máquina, pero tenía un defecto: demasiados novios, había abortado al menos una vez y usaba raros artefactos sexuales. Pero aún así era una simpática muchacha y no le daba demasiado trabajo para hacer, por lo que sus visitas eran rápidas.
Para finalizar el recorrido, asisten al departamento del matrimonio Berkowitz, judíos ellos. Realmente no le caían bien a Mary, pero menos lo hacía su loro, que ensuciaba el piso con desagradable material biológico que debía limpiar ella.
Capote va mechando los diálogos constantes con descripciones del tiempo, el lugar y la cincuentona Mary.
Pero fácil es opinar de los otros y no fijarse en lo propio. A veces parece un poco cínico estar hablando de los defectos de los demás, mientras a las claras se nota que uno también los tiene y bastante parecidos. Es que mientras Mary y Capote están en el primero de los edificios, el del señor Trask, ella saca de una cajita, un poco de marihuana para armarse un cigarrillo ¿acaso eso no es tan vicio como lo es el alcohol para su cliente? No parece creerlo así.
Ya en el segundo departamento, esta señora comete el atrevimiento de husmear en el botiquín del baño de la dueña de casa ¿es que eso está bien? ¿Va de acuerdo a los principios morales que sostiene esta mujer? ¿Y tocar lo ajeno, más precisamente ponerse su perfume aprovechando su ausencia, es correcto? ¿No es hurto? ¿No va contra los valores católicos que tanto dice defender?
Y en la casa del matrimonio Berkowitz andar juzgando que se hacen los trajes a medida porque no les entra o que viven para comer ¿es criticable cuando ella abre la heladera del lugar para ingerir algo dulce sin permiso de los sueños que no se encontraban en casa?
No, claro que no. Pero la situación de locura que se genera en este día de trabajo la ayuda a alejar de su cabeza, las miserias de su pasado que aún la siguen condenando: un marido alcohólico y ya muerto, un hijo preso por robo a mano armada y uno que lejos de su casa, se alegró por la muerte de su padre y poco se acuerda de que tiene una madre que lo necesita.
A veces la desesperación nos hace andar por caminos impensados. Nos lleva de acá para allá como a un trompo. A Mary la llevó hacia Dios, hacia algo que no sabemos bien si tiene una justificación lógica o no. No sabemos si es algo que inventaron los hombres para actuar de manera correcta o es algo que realmente existe. A mary creo que no le interesó mucho eso. De hecho, no rezaba por ella cuando fueron con su cliente hacia la Iglesia, sino por todos y cada uno de sus contratantes para que pudieran superar sus problemas y lograran una vida mejor; por aquellas almas en pena, para que tuvieran paz…la paz que a ella le hubiese gustado tener algún día.

Notas de lector sobre Una adorable criatura...

A más de uno creo que le hubiera gustado ser Truman Capote en aquel funeral de Constande Collier, el 28 de abril de 1955.
Porque no es que él sólo nos hace alarde de haber mantenido una excelente relación con la desaparecida Marilyn Monroe, sino que aprovecha este encuentro para mostrar algo más de ella.
Increíble y admirable a la vez es lo que este escritor hace con el manejo de la información. Algo característico de los textos que integran Música para camaleones es la necesidad de contextualizar al lector. Es decir, situarlo en el tiempo y el espacio, en el dónde y cuándo pasa la historia. Porque nos guste o no, es difícil seguir una historia si quien escribe no nos mete de lleno en ese lugar y en ese momento…es estar perdidos. Capote comienza su relato con este detalle, para luego decir qué es lo que está haciendo allí. Empieza a hacer referencia a la difunta, una brillante actriz y maestra de ese arte, y entre un dato y otro, se inmiscuye el nombre de la segunda protagonista del relato: Marilyn.
Truman nos cuenta que ella había sido alumna de la señora Collier, a la cual la rubia platinada no le había gustado en un principio, pero que con el tiempo logró encontrarle su encanto.
Después de hacer una breve descripción de la relación entre estas dos damas, el autor vuelve a aquel día del funeral. Debía encontrarse con Marilyn para estar juntos en la ceremonia y ésta, como de costumbre, estaba llegando tarde.
Capote maneja este encuentro manteniendo la estructura de un diálogo constante entre ellos dos y de vez en cuando, introduce a un tercero que aparece en escena o ciertas reflexiones personales y descripciones de las circunstancias.
Pero al contar este encuentro, Truman no pretende mostrar a la Marilyn explosiva, sensual y desinhibida que estamos acostumbrados a ver en cualquier “biografía no autorizada” que pasan por la tele. Si no, creo que busca mostrar a la persona que había detrás de la estrella. Con sus miedos, anhelos y cosas que ocultar. Con esa parte humana que muchas veces la frivolidad del mundo del espectáculo parece extinguir en los artistas, pero que sin embargo mantienen a la expectativa.
Porque al fin y al cabo, Marilyn era una mujer de carne y hueso, que para mantener el rubio platinado de su cabello debía aplicarse tinturas (de hecho en un pasaje del diálogo le muestra a Capote las raíces sin teñir). También la muestra alejada de la constante necesidad de ser reconocida por los medios y con una duda: cómo la definen los demás.
A todo esto, Capote introduce entre línea y línea, reflexiones, pensamientos que va teniendo mientras escribe, los cuales muestran el afecto que le tenía a la rubia de Hollywood.

“¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que acabar así, Marilyn? ¿Por qué la vida tiene que ser tan terrible?”

Al fin y al cabo, creo que después de leer este encuentro entre Truman y Marilyn, la mayoría coincide con él y con la señora Collier en que la rubia actriz era en sí, una adorable criatura.

Prefacio de Música para camaleones...

Uno generalmente accede a las obras de un autor, las lee, se fascina o no, quiere más o simplemente lo desecha de su lista de “preferidos”.
Lo raro, o mejor dicho, poco habitual, es tener paso a su vida como escritor. Al leer esto cualquiera puede pensar que hay muchos que se dedican a contra las biografías de los autores, por lo que no tendría ni pies ni cabeza lo que digo. Pero a lo que yo me estoy refiriendo es a que él mismo tenga una mirada retrospectiva y la vuelque en un libro.
Tal es el caso de Truman Capote. Uno esperaría de un prólogo, que te dé la introducción, la bienvenida a ese libro, ya sea en palabras de su autor o de un colega invitado. Pero no, Capote “da la nota”. Él, en el prefacio de Música para camaleones le cuenta a cada uno de sus lectores cómo ha sido su vida de escritor. Señala exactamente cuándo empezó y la manera en la que fue desarrollándose. Esto no sé si es habitual o no, al menos yo no lo concebía para la primera parte de una obra Pero lo más interesante que posee es que además de conocer su carrera, él se nos muestra como lo que es (aunque es sabido que murió en 1984, ha logrado trascender y por eso hablo en tiempo presente. Los grandes no mueren): un ser humano. Con aciertos y errores. Pero lo más importante es que también posee dudas, con las que por un momento me sentí identificada. Él en un pasaje se pregunta: ¿cómo puede un escritor combinar con éxito en una sola estructura –digamos el relato breve- todo lo que sabe acerca de todas las formas literarias? Y por un momento me sentí entre aliviada y preocupada (un sentimiento muy ambiguo). Porque pensé: por un lado, que no debía hacerme tanto problema cuando a veces se me presentan esas lagunas que te frenan o esos momentos en los que no sé de qué manera expresar tal o cual cosa. Mi consuelo fue pensar que si a un escritor tan reconocido y experimentado le sucedieron esas cosas, a un aprendiz en su primer año de facultad, es lo más leve que le puede pasar. Pero por otro lado me sorprendió la desesperación usando el mismo fundamento con respecto a la experiencia de Capote: si a él le pasaban esas cosas que hacía ya casi veinte años que día tras día se sentaba a “practicar” delante de una hoja de papel ¿qué esperanzas podía albergar yo que no llevo ni ese tiempo de nacida? Así y todo sobreviví al prefacio.
Capote nos va guiando a través de su vida como escritor, por medio de sus dudas, deseos y ciertos aportes irónicos que tiene al pasar.
En la oración anterior escribí la palabra deseos, porque en mi vida significa mucho. Uno vive lleno de ellos, de sueños por realizar y son, en su conjunto, los que nos deciden a dar el puntapié inicial para hacer determinadas cosas. A veces son despertados por algo interno que nace de uno y otras tantas por motivaciones externas. Hay momentos en los que ese “bichito nos pica”: el de la curiosidad. A Capote también le llegó esa instancia. En un momento de su vida dice haber tenido una “crisis creativa”. Como ya dije antes, hay cosas que son motivadas por estímulos externos a nosotros y es justamente eso lo que le ocurrió a él. A raíz de un asesinato en Kansas, Estados Unidos, empezó a interesarle el periodismo. Comenzó a “experimentar” con hacer “novelas reales”, tal como él lo denominó. Y es sorprendente leer su experiencia con esa primera novela periodística. Porque no es que fue tan simple como “soplar y hacer botella” sino que le llevó seis años recavar información sobre el caso y más todavía le llevó soportar las críticas de aquellos que, prejuiciosos, tildaban su trabajo de traición a los géneros.
Capote a través del prefacio de Música para camaleones nos hace recorrer su vida como escritor, pero también creo que nos muestra que ellos además de ser excelentes profesionales, son humanos. Tienen errores, aciertos, miedos, dudas, se enfrentan a situaciones de tensión, de presión, a vacíos de inspiración y a más de una alegría o frustración. Y así y todo llegan a donde están hoy…a un lugar privilegiado del imaginario colectivo. Por eso cuando cada uno de nosotros tenga alguno de estos síntomas: ¡a no desesperar que vamos por buen camino!

jueves, 15 de mayo de 2008

Buenos Aires en llamas

La cuidad ardió como hacía tiempo no pasaba, de la mano del BAFICI. Probablemente en los últimos días, esta sigla que dio vueltas por diversos medio, llegó a oídos hasta de los más despistados
Esto se debió a que entre el 8 a 20 de abril tuvo lugar en Buenos Aires la edición nº 10 del festival de cine independiente. Y aunque su realización estuvo al borde de desistir, inició con una cartelera de 415 films, entre los que había de los más diversos orígenes y géneros. Los había del orden nacional, internacional y documentales.
Además, para hacer posible el acceso a una gran cantidad de público, se contó con 9 sedes que se distribuyeron por Capital Federal y el Gran Buenos Aires.
Esas dos semanas juntaron en las salas a personas de todas las edades, nacionalidades, profesiones y gustos.
Pero lo más maravilloso del BAFICI, es que en muchos casos rescató proyecciones que datan de años lejanos y que en su época no fueron estrenadas. Ellas descubrieron la pantalla grande en el 2008, después de estar guardadas en un cajón por varias décadas.
Tal es el caso de la película “Perdido, un avión”, que cuenta con la dirección de Michael Powell, Emeric Pressburger. Ella fue creada en la década de 1950 y jamás se había proyectado para el público. Quizás esto se haya debido a que cuenta la historia de seis integrantes de la Fuerza Aérea Británica que en medio de la Segunda Guerra Mundial, caen en Holanda, en donde iban a combatir.
Allí, ante un panorama desolador deben recurrir a distintos ayudantes que los guían hacia la libertad, sin ser descubiertos por los enemigos alemanes.
Esta película en blanco y negro, es exquisita en cuanto al aprovechamiento de los paisajes y los efectos visuales y sonoros. Son casi constantes los planos que se hacen desde la cabina del piloto hacia abajo, enfocando los pastizales holandeses y al mismo tiempo, los bombardeos en las ciudades de los alrededores.
La pasión que despierta en el público el BAFICI, es algo impensado, ya que la mayoría del público argentino está acostumbrado al cine hollywoodense, lleno de estruendos, hombres musculosos o monstruos que invaden Nueva York. Tener acceso a este tipo de cine, hace que podamos ver que hay algo más que eso, que debemos sacarnos las anteojeras y girar la cabeza hacia los costados. Esta edición del festival logró que una multitud descubra que el séptimo arte tiene mucho más para ofrecernos que un simple paquete de pochochos, porque el BAFICI, claramente, ardió.

¿Y los regalos?

Hace apenas unos días, en los pronósticos del tiempo comenzó a medirse una variable que se sumó a la temperatura, la humedad y el viento: el humo.
La semana pasada comenzó a desarrollarse este fenómeno que tomó por sorpresa a la población de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos.
Abrir la puerta para salir a trabajar era sencillo; lo que requería de un acto de valentía era poner un pie en la vereda, aspirar ese aire denso y atravesar la interminable cortina gris.
Durante aquella mañana las preguntas casi caminaban solas ¿de dónde salió el humo? ¿hasta cuándo va a persistir? ¿es tóxico?, fueron sólo algunos de los interrogantes de la gente que caminaba por las calles de capital y provincia.
La respuesta llegó relativamente rápido: en el delta, más específicamente en Zárate, se estaban quemando pastizales de una extensión de 66.000 hectáreas.
Desde las oficinas, quienes tuvieron la oportunidad de ver el cielo, se encontraron con un panorama oscuro y asombroso. Era imposible visualizar las cimas de los edificios, como así también era en vano querer mirar más allá de las dos baldosas más cercanas.
Hasta el simple hecho de cruzar la calle se convirtió en una actividad de riesgo para los transeúntes, ya que a pesar de las recomendaciones dadas en los medios, los conductores manejaban a altas velocidades y sin luces.
De hecho, durante la estadía del humo en las ciudades, hubo lugar para los accidentes en las rutas argentinas. Principalmente, es preciso nombrar la relevancia de la ruta nº 9, en la cual se sucedieron una gran cantidad de choques, ocasionando más de diez víctimas mortales y gran cantidad de heridos.
Como consecuencia de la persistencia del humo, como medida preventiva se recurrió a cortar el paso por las rutas nº 9,12 y 14, cortando el paso a las provincias de Entre Ríos y a Brasil.
Pasar el día observando ese panorama desolador fue impensado, algo sinceramente hollywoodense. A cualquier hora parecían las siete de la mañana, sólo que a veces el sol daba cuenta de su presencia como si quisiera calmar la desesperación de más de uno.
Después de todo un día de trabajo y estudio para muchos, la vuelta a casa sería igual o peor que la salida de ella.
El punto era animarse a tocar nuevamente esa espuma gris, casi impenetrable. No había nariz que tolerara su olor ni ojos que se resistieran a cerrarse. El sol, apenas perceptible de color rosa, daba lugar a la aparición de una desolada luna que sólo servía de adorno a nuestra sufrida vista.
Llegar a casa con la noticia de que se había detectado a quien había iniciado el incendio, parecía señal de que al día siguiente todo habría vuelto a la normalidad y respiraríamos aire libre de humo. Pero no. Cada casa era comparable a la chimenea de una gran fábrica que está en pleno proceso productivo, ya que el humo había atravesado puertas herméticamente cerradas y ventanas. Nos encontrábamos como en Londres, pero en Buenos Aires.
El día terminó para todos con sensaciones de incertidumbre, desconcierto, ahogo y desesperación. Porque aquel no era un humo blanco esperanzador como el que salió de la chimenea del Vaticano en abril del 2005; sino que se trató de un humo gris, traicionero y escondedor.
Cuando creemos que es imposible que suceda algo que nos deje boquiabiertos, siempre se da la ocasión para que tengamos que rectificarnos. Aquello nos pasó con la nieve el año pasado, y a partir de allí en todo pronóstico aparecía la posibilidad de nieve. Igual pasó con el granizo. Y es muy probable que estas interminables capas de humo se conviertan en nuevas compañeras del amanecer argentino. Parecería que quieren hacernos sentir que estamos todo el año en Nochebuena, salvo que nos falta Papá Noel…sólo tenemos la chimenea…y con humo.